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La Carreta

Ambrosio Peña no siente dónde tiene sus asentaderas, o su cabeza o sus pies. Su cuerpo se ha transformado en un bloque inarticulado, entumecido…los barquinazos le recuerdan su existencia. Sabe el rumbo que persigue, de día calcinado por el sol pues el toldo de la carreta no lo protege de su calentura; de noche, aferrado a los tientos de la picana, los cuchillos del frío le agrietan hasta el alma.

No todas las travesías son iguales. Este riesgo de enfrentar un viaje sólo, sin más compañía que la del aparcero Dionisio Fuentes, lo está volviendo loco. Echa de menos la cadencia de los otros: el continuo trajinar de los caballos entre las carretas, las conversaciones a los gritos con los jinetes para emparejar el ruiderío de la caravana y en los momentos de solaz, la taba, las mateadas, las payadas con sus ocasionales compañeros de tropilla.

La última posta donde se acomodaron en un jergón de paja y pudieron pegar el ojo, los abandonó, allá por San Miguel del Monte, hace tres días. Este camino parece interminable, el tiempo que no pasa y a ellos ¡que los corre el diablo! La carreta debe llegar a destino el próximo viernes. Su carga, demasiado valiosa, le tortura el pensamiento y al mismo tiempo, cada tanto, lo obliga a rozar el facón de su cintura.

Los bueyes parecen encontrar el derrotero por su cuenta y él hace cálculos mientras tanto. A la nochecita llegarán al jagüel y allí podrán apearse. Hombres y animales saciarán su sed y el hambre que ya parece fondearles el estómago y los ánimos. Dionisio viene rezagado desde hace unas leguas.

Será el polvo que, a nubes cada vez más densas y oscuras, lo oculta a su vista. Emite un silbido agudo y estridente con un ritmo pertinaz; su amigo le responde con otro, sonoro y corto. Con mejor espíritu vuelve una y otra vez a azuzar a las tres yuntas de bueyes que se esmeran intentando avivar su paso inexorablemente cansino.

Una vez más los rodeos de su ensimismamiento lo dirigen hacia el peligro que pudiera acecharlos: indios matreros hambrientos, las montoneras que están sin pelear, cualquier animal que les salga al paso… y ahí vuelve, insistidora la idea que lo persigue: la carga que debe entregar el día convenido ¿Qué habrá en el interior de esa caja de madera tan finamente tallada? Tiene olor a incienso, está cubierta con una seda gruesa y pesada. Él la metió en un escondrijo hecho con cueros y la disimuló con un atado de pieles de zorro que piensa vender a buen precio cuando llegue, lo mismo que los barriles de miel, los sacos de trigo, los tientos de cuero y tantas otras vituallas que hay en su carga.

El padre Pedro le ha confiado esta misión sagrada, es cuestión de vida o muerte le ha dicho sin aclararle mucho más. La voz de este cura noble y milagrero a quien debe fidelidad se ha enronquecido cuando le hizo prometer que tendría que defender ese legado con la propia vida si fuera necesario. Pero ya, cuando ha tenido que jurar por Dios, Jesucristo y la Madre María que no hablaría de esto con nadie, parece de trueno y le provoca un pavor que aún no lo abandona.

Las tinieblas poco a poco van llenando el látigo rojo del horizonte que se tiñe en su mirada. Con un bramido del cuerno llama a su compañero para avisarle que van a detener la marcha: han llegado al pozo de agua.

Escucha el trote del zaino que se acerca y entonces al sonido familiar se le pliegan otros, se multiplican los cascos que golpetean la tierra con fiereza. El temor agazapado en su conciencia durante todo este viaje le invade cuerpo y alma y se convierte en espanto; no hay tiempo ni medio para emprender la huída. Su mano derecha desenfunda el facón con agilidad y va la izquierda a la chuza. Da un paso hacia atrás metiéndose en la caja y se apresta a aguardar en la oscuridad arqueando el lomo como un puma enfurecido, poniendo de escudo los costales de trigo.

Por una rendija del toldo Ambrosio observa una montonera envalentonada por el ocio y el vino largo, sedienta de sangre como lo claman sus vestimentas, que gira en torno a la carreta. Un mocetón barbudo y malencarado lleva en la punta de su pica, ostentándola con burlona ceremonia la cabeza… de su camarada... El sollozo se ahoga con el coraje que le vibra en las tripas y un vómito ácido le inunda la boca., tiembla… pero rápido se agazapa dispuesto a matar y morir…

En ese instante la imagen del envoltorio sagrado se le viene a la mente.   Protegido por la oscuridad y la burda destreza de sus oponentes que están desconcertados porque no encuentran al carretero, manipula sigiloso hasta encontrar la caja de sus desvelos. Con presteza la abre y un haz de luz lo encandila. En el fondo descansa una daga de plata que brilla cada vez más intensa. No existe en esta tierra orfebre capaz de labrar tanta hermosura que se va haciendo cada vez más extensa y enigmática. Una voz desconocida que brota de sí mismo lo provoca: “¡Defienda, Peña, defienda!”

De un solo movimiento dibuja un corte en el toldo y la luz de la inmensa daga se dispersa sobre la montonera. Ya nada queda de Don Ambrosio Peña, ese buen hombre curtido en las lides de los troperos. Su figura se agiganta al par de la daga que blande entre sus dos manos. El dolor y la furia contraen su rostro, su boca despide escupitajos y gritos roncos, espeluznantes y sus ojos… sus ojos brillan con el mismo fuego del infierno. Atrapa el zaino de su amigo que se le acerca con relinchos y corcoveos nerviosos y a galope alzado comienza a desparramar golpes y a clavar pechos con este puñal descomunal. Cada cuerpo que atraviesa se enciende como si se convirtiera en brasa. Los gauchos rojos huyen despavoridos ante tamaña avanzada sobrenatural, dejando a sus compañeros desperdigados entre las piedras.

Ambrosio Peña llega al convento de los agustinos el día viernes y le entrega la caja finamente tallada que huele a incienso envuelta en seda al prior de la orden. Sin que nadie le pregunte, dice que nunca supo que había en su interior. Ese era su deber, le contesta indiferente el prelado. Vende todas sus mercancías y a los dos días emprende el regreso.

En ese viaje de vuelta sólo dos ideas va rumiando que lo obsesionan. Una ¿cómo le dirá a la Zoila que el Dionisio lo abandonó en el camino? y la otra… ¿cuál será la prometida suma extraordinaria que le pagará el padre Pedro?

por Mónica Eichler (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) Nota publicada en la edición de Agosto de 2014

Poema al Cuyum

Cuyum
clima del júbilo,
almíbar necesaria.
Tu corazón,
nosotros,
habita el verde y canta
desde un ancestro añoso
acústico, nativo,
al país,
donde estalla la tonada del agua.

Canta,
silba en el riego la historia lagunera
dormida en Guanacache:
mi fabuloso abuelo,
barrido por el viento.
Aquél que fue cayendo
desde su carne al polvo.
Barba de barro seco,
gobernante del aire.

Mi abuelo lagunero
le sucedió a la tierra.
Su relámpago tuvo
la dimensión del Zonda.
Caviloso venía
malón crudo del hambre.
Se incorporó mordiendo
su soledad es cierta
y la hace cavidad
la que le golpeaó el silencio
con un niño callado.
Tibio tañido adentro.
Donde el origen tiene su badajo guardado.

Astilla de sus horas
le salpican los ojos,
cuando el verano llega del sol,
cuando los árboles gozan su crecimiento,
son brindes del brote
y añosamente extienden su brújula de pájaros.

Entonces,
zumo a fuego
abuelo legendario
la preñez jubilosa de la uva te llama
para que con el denso alarido del vino,
retumbes, nos retumbes,
y tu fragor le colme el sexo a las guitarras.

En el oeste duerme la fundación del riego,
Tunuyán primitivo, Guaymallén de los cauces:
lejanos pescadores de un párpado de peces,
ingenieros desnudos,
fundadores a mano.
Mi abuelo el lagunero,
le aconteció a la tierra
y su enorme silencio viene por los canales,
despertando el murmullo de la noche en el agua.

por Armando Tejada Gómez Nota publicada en la edición de Mayo de 2013

Serenata a los sueños

Hay que soñar la vida
para que sea cierta
soñarla a pleno día
y a cara descubierta.

Que todo sea claro
que el amor se te vea
que digan persignándose
ahí va el que sueña.

No temas a la burla
ni te asusten los grises cancerberos del miedo.
Tú imagina el futuro,
piénsate allen del viento.

Si vienen a buscarte
sé transparente
y diles que tu oficio
es el del sueño.

Los duros que son duros
se morirán de risa
ignoran que el que sueña
cosechará algún día.

Esta tierra fue un páramo
Cuyum país de arena…

Esta tierra fue un páramo.
Cuyum, país de arena.
Sólo los que soñaron
fueron capaces de ella.

Sólo los que soñaron
fueron capaces de ella.

Si te siguen los pájaros
y afinas tu tonada
por altas alamedas…

Si te siguen los pájaros
y afinas tu tonada
por altas alamedas
sueña que te soñaron
y luego, canta y sueña.

Sueña que te soñaron
y luego, canta y sueña.

Mi canción es ahora
el sueño que fue entonces
la calle larga,
el salto del canal Guaymallén.

El viejo vino amigo
que ha olvidado el olvido
y sueña que yo vuelvo,
soñándome otra vez.

Vamos de serenata
que el sueño es un cogollo
desde donde el futuro
no tardará en volver.

Vamos de serenata
que el sueño es un cogollo
desde donde el futuro
no tardará en volver.

por Armando Tejada Gómez y Daniel Talquenca Nota publicada en la edición de Mayo de 2013

Submundo

El rostro de humo en la ciudad
desorbita desolación
lleva un rictus de tragedia.

El muro de silencio oligárgico
profundiza grietas en cada esquina
por un mendrugo impune.

Ese submundo de sobrevivientes
con heridas que los acechan
son muertos en vida
por el decretado disparo del corrupto.

Los obreros, los maestros,
los jubilados, los sin rostro;
arrastran cadenas
que hienden sus carnes
si intentan gritar justicia.

Niños, que tienen que reír
flores traviesas en las manos,
hoy, una anémica tristeza
carga sus mochilas
con la espina del hambre.

por Xenia Mora Rucabado (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) Nota publicada en la edición de Agosto de 2014

Descalza

Camino descalza
los senderos de mi historia
mientras mis manos se sumergen
en manantiales de esperanza.

Descalza
tras el velo sutil de rostros de apariencias
en libre vuelo voy, con la piel desnuda,
buscando el horizonte por donde sale el sol.

Descalza
cuando nos maquillan la dignidad
por el deber inobjetable, la mía,
posee raíces siempre eternas.

Descalza
sobre los vidrios rotos de la nostalgia
que esgrime la adversidad
de mi auto exilio.

Caminando descalza,
en un tiempo, no sé cuándo,
cruzaré el puente
con mi ilusión a cuestas.

por Xenia Mora Rucabado (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) Nota publicada en la edición de Agosto de 2014
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